Si llegan hasta allá es que de alguna forma ya te contenían.
Tienes razón (una vez más). Estoy desdoblada entre los delirios y realidades de los hombres que se encuentran lejos. Recibo ese ataque masculino (¡plaf!) que llega desde todos los frentes: hemisferio norte y sur, oriente y occidente. Me recojo entonces en pequeñas conmociones que me dejan unas incontrolables ganas de escribir.
Es como bajar a subirte un vaso con agua.
La idea de la distancia siempre me pareció seductora (¿todavía?). La posibilidad de desamarrar esos hilos invisibles resortes de fuerzas que vibran, se extienden y se alargan magnéticamente en una cotidianidad común. La posibilidad de dejar ir cuando hay suficientes anacronismos para predecir lo que viene en una conversación determinada. Hermosas millas de tiempo y espacio que me permiten saludar los cambios, las incertidumbres, las decisiones (una vez más) de ir para adentro – aunque ahora hacia una amalgama de imágenes y palabras, hacia un ejército móvil, pequeña y un poco más inútil. La valiente exploradora, después de esos trayectos, queda reducida a una multiplicidad de exploraciones.
Uno se fue demasiado pronto, y aparece en el fondo con cada nueva letra. El otro viajó en el sentido contrario a las manecillas del reloj, alargando las horas, profundo. Otro se acerca, y por eso, lo pierdo un poco más cada vez. El último me espera: apasionado pero tranquilo, manteniendo esa hipócrita distancia que se ha construido desde la obligación. (No le dedico aquí palabras al que saca toda esa irracionalidad que viene con los recuerdos: estoy convencida de que él es un mero producto del deseo de apego).
Me sorprendo una vez más por las marcas que quedan. Ya siempre los tendré (igual que sucedió alguna vez con la metafísica: aprendí que era mía, siempre va a ser parte de mi show).
…
(Eso sí. No quiero hacer de mi afortunada soledad un eterno matar el tiempo. Debo obligarme, espantar. Quiero.)
Musik: Farenheit fair enough, Telefon Tel Aviv
